El Espiritu de Rokugan
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Fuegos del Corazón

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Martes 10 de febrero de 2009, por Yoritomo Yu


Por Lucas Twyman
Editado por Fred Wan
Traducido por Bayushi Mamoru
Traducción editada por Yoritomo Yu

"Los fuegos del corazón
nos quemarán a todos por completo.
La ceniza flota en el viento."

El Poeta Rezan

Año 1133, la noche antes de la Batalla de la Puerta del Olvido

Nubes rojas se arremolinaban sobre las Tierras Sombrías, enturbiando el cielo nocturno. Un extraño relámpago púrpura restalló y arqueó de la cima de una nube a otra, dejando el mundo parpadeante y titilando en la oscuridad. El cielo sin nubes creaba su propio entorno, con un resplandor enfermizo, antinatural y descorazonador, y la oscuridad extrañamente visible parecía volverse más brillante al devorar la luz puntiforme de las estrellas, que desaparecían rápidamente. Justo enfrente, los Yermos Kuni se extendían con sobrio estoicismo, su quietud casi reconfortante, como un jardín de piedras poco cuidado. En la distancia, el suelo cambiante de las Tierras Sombrías más profundas era martilleado incesantemente por los vientos furiosos de tormentas que abarcaban de los cielos a la tierra, tormentas que se retorcían y gritaban como si estuvieran hechas de miles de cosas vivientes.

 Es casi hermoso, ¿verdad?

La silenciosa meditación de Shiba Katsuda fue interrumpida por esa voz, y se volvió para ver la forma menuda de una shugenja Escorpión mirándole furtivamente. Era hermosa, muy pálida y delgada, y alrededor de los bordes de su máscara bailaban dibujos de llamas, como los adornos de la armadura del propio Katsuda. Él negó con la cabeza.

 Es caos. - dijo con suavidad - No... no me gusta.

La shugenja Escorpión rodeó a Katsuda y se detuvo justo enfrente de él, mirándole a los ojos. Ella sonrió suavemente, y puso su palma extendida cerca del pecho de él - sin tocarlo, pero tan cerca que pudiera sentir su calor en el frío de la tarde. Sus ojos brillaban y lo miraban con fijeza para que él pudiera ver los leves movimientos que hacían, atrás y adelante, al contemplar su rostro.

Él tomo su muñeca con cuidado y bajó la mano hasta su costado. Los ojos de élla se agrandaron.

 ¿No me reconoces, Katsuda? - preguntó ella, apartando la vista de él.

Katsuda bajó la mirada hacia su izquierda y frunció el ceño.

 Claro que sí, Jomyako. Has cambiado poco en el curso de los años.

 Extraño, ¿verdad? - replicó, sonriente de nuevo - Ninguno de los dos ha cambiado mucho. Sólo éramos niños aquel invierno, y a pesar de todo lo que nuestros clanes han soportado desde entonces, mostramos pocas señales del daño que se ha hecho.

 Soy un yojimbo, y he sangrado por mi clan tanto como cualquier otro. - repuso Katsuda, llevándose la mano al pecho. - Soy afortunado de que mis cicatrices puedan ocultarse fácilmente, Jomyako.

Soshi Jomyako se volvió y miró hacia atrás por encima de su hombro, hacia el vasto páramo desplegado ante ellos.

 Nunca respondiste a mis cartas.

La voz de Katsuda fue rotunda.

 Nunca las leí. Escribirme después de que tu clan fuera disuelto fue estúpido.

Jomyako volvió la vista hacia Katsuda .

 ¿Ni una?

Él apartó la mirada, evitando la de ella.

 Con todo lo que tuvimos, ¿nunca leíste ni una?

 Éramos poco más que niños, Jomyako. El deber...

 ¡YO TE AMABA! - gritó Jomyako, y agarró sus ropas y lo tiró al suelo - ¡Y me dijiste que me amabas también! ¡Le pedí al mismísimo señor Bantaro que arreglara nuestro matrimonio!

Katsuda se irguió para quedar de rodillas y la miró con disgusto.

 Y entonces tu señor Shoju traicionó a todo el Imperio.

El cuerpo de Jomyako tembló, y empezó a agitarse cuando se puso a llorar. Katsuda se levantó y la observó, indeciso. Finalmente, tras un largo inciso, secó las lágrimas de sus mejillas.

 Arruinarás la pintura de tu máscara. - dijo con suavidad.

 No importa. - replicó la Escorpión, inclinándose hacia él - Nada importa.

Él retrocedió un paso.

 No puedo. Mi deber... - negó con la cabeza - Tengo una esposa, una esposa leal que me ha dado dos hijos. Estoy aquí para luchar por su futuro.

Ella asintió.

 Pero no están aquí ahora. - señaló hacia los yermos - Mañana luchamos contra la Oscuridad en sí misma. Si vencemos, seremos héroes. Nuestros pecados no importarán, nuestras traiciones serán finalmente perdonadas. Si perdemos, no hay muerte. No habrá reencarnación, ni juicio final. Sólo habrá olvido. - ladeó la cabeza - No puedo afrontar eso sola.

Deslizó su mano sobre la de él.

 Por favor - dijo ella - Mi vida ha sido sólo dolor, traición y esperanzas perdidas. No me queda nada. - le miró a los ojos - No hagas que me enfrente sola a la oscuridad de esta noche.

Se miraron uno al otro a los ojos durante un largo momento, entonces ella se volvió y levantó la seda de la entrada a su tienda. El volvió la vista atrás sobre los yermos, a las tormentas, entonces se giró y miró la puerta abierta al Imperio en el muro. Entonces, Shiba Katsuda siguió a Jomyako a la tentadora oscuridad de la tienda.

Año 1167, La Guerra del Fuego y el Trueno

En el exterior, la tormenta arreciaba. Los vientos restallaban a través del campamento, rompiendo las tiendas en pedazos y enviando pergaminos por los aires. Olas de diez hombres de altura colisionaban contra la orilla. El clamor de los truenos era constante. Una cosa era cierta: aunque los Jinetes de la Tormenta de los Yoritomo no eran capaces de romper las defensas Isawa, eran más que capaces de hacer casi imposible descansar.

Para Isawa Oharu, la tormenta era una bendición. El trueno retumbaba con los movimientos de su respiración, y la lluvia que goteaba se entremezclaba con sus lágrimas. Cada vez que un relámpago golpeaba, podía ver la reconfortante silueta de su yojimbo, Shiba Sakishi, a través de las paredes empapadas de su tienda. No estaba solo: ella podía oír voces, quedas y preocupadas, bajo el repiqueteo constante de la lluvia.

Sakishi gritó, y Oharu alargó su mano inconscientemente hacia su saco de pergaminos. El lienzo de entrada se abrió, y ella contuvo la respiración hasta que vio el rostro preocupado de Isawa Mizuhiko. Por encima de su hombro, Shiba Sakishi lo observaba con desaprobación, pero no hizo más intentos para impedir que el Tensai de agua entrara.

Mizuhiko cerró la entrada detrás de él y se arrodilló junto a Oharu. A pesar de la lluvia, estaba completamente seco, y Oharu podía sentir calor irradiando de él. Ella miró al suelo y su pelo suelto cayó delante de su cara.

 Lo siento. - susurró Mizuhiko - No me enteré hasta después de que terminara mi guardia. Vine tan pronto como lo oí.

Ella cerró los ojos y apretó los puños con fuerza. Sus uñas se hincaron en las palmas. Mizuhiko alargó la mano para apartar el cabello de sus ojos, y el cuerpo de ella se puso rígido. Agachó la cabeza delante de ella, intentando captar su mirada.

 ¿Lo conocías bien? - preguntó, su voz todavía susurrante.

Le llevó una eternidad recobrar la voz.

 Yo... no. Los casamenteros y yo pasamos tiempo con él, por supuesto, pero la boda fue la primera vez que de verdad pasé tiempo con él a solas. La guerra empezó una semana más tarde.

Mizuhiko entrecerró los ojos y enarcó una ceja.

 ¿Te trató bien... durante ese tiempo?

Ella sonrió con tristeza.

 Bastante bien. - dijo - Era frío, pero el matrimonio era importante. Cumplimos con nuestro deber.

Mizuhiko ladeó la cabeza.

 Él... ¿no te amaba?

Ella puso su manos sobre la de él.

 Oh, Mizuhiko. - dijo - El amor no ayuda nada con el matrimonio - sólo hace que las cosas sean más complicadas. Puede que él amara a alguna de las geisha que frecuentaba, pero ¿amarme a mí? No sería apropiado.

Mizuhiko bajó la vista a sus manos, los ojos pesándole. Antes de que Oharu se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, él le había puesto su otra mano en la mejilla.

La besó.

Ella lo alejó de un empujón.

 ¡No lo hagas! - dijo, un poco más alto de lo que pretendía - Yo... no.

Mizuhiko la miró con fijeza, su rostro calmado.

 Te amo, Oharu.

Oharu se puso rápidamente de pie y lo miró desde arriba.

 No digas eso. No vuelvas a decir eso. ¿Por qué tienes que ser tan impulsivo?

Mizuhijko se encogió de hombros, ofreciendo su mano.

 Te amo, Oharu.

 ¡Mi marido acaba de morir, Mizuhiko! - dijo ella, hundiendo su pie en la alfombrilla de paja - ¡Lo que sea que hayamos hecho fue un error! ¡Fuimos un error!

 Te amo, Oharu.- dijo de nuevo Mizuhiko, clavándole la mirada en los ojos - Deberíamos pedir que nos casaran.

Oharu cruzó los brazos. Estaba sorprendida; sentía el corazón lacerado y afilado, y sus emociones cortaban sus pensamientos. No podía moverse. Todo parecía tan confuso.

 Eso nunca funcionaría, Mizuhiko. Te conozco. Eres el segundo hijo de un segundo hijo, y tu madre fue una vez una geisha. - vio a Mizuhiko mirándola con disgusto, pero prosiguió - Yo soy poco más que una campesina ascendida, adoptada gracias a mis dones. No me ofreces credibilidad: mi posición como viuda de Itaru es superior a la que tendría casada contigo.

Mizuhiko bajó la vista a su mano, abriendo y cerrando el puño, sin decir nada. Levantó la mirada hacia Oharu, inclinando la cabeza a un lado, y asintió, con ira vibrando en sus facciones. Finalmente, se levantó y caminó hacia la entrada de la tienda.

 Espera.- dijo Oharu. Mizuhiko se detuvo y miró al lateral, sin darse por completo la vuelta. - Espera. - dijo de nuevo Oharu, su voz triste y queda. Miraba hacia el suelo. Una gota de agua cayó desde el techo a un pequeño charco, y pequeñas ondas cubrieron el agua lodosa. - No me dejes sola, Mizuhiko. No me dejes. Esta noche no.

Año 1170, diez días antes del Torneo de los Cielos, Bibliotecas Asako

 ¿Asistiréis al torneo, señor Bairei?

Asako Bairei, el Maestro del Agua, estaba sentado en un rincón oscuro de las antiguas bibliotecas, con su pálido rostro iluminado mientras estudiaba un montón de viejos pergaminos. No se volvió hacia su interlocutor; en vez de eso, simplemente indicó con la mano a Asako Juro que se sentara.

 Si, Juro-san. No obstante, con Nakamuro muerto y Emori herido, hemos decidido no concentrarnos demasiado en el torneo en sí. Personalmente, creo que el Fénix tiene asuntos más importantes de los que ocuparse que de intentar gobernar el Imperio.

Juro asintió.

 ¿Habláis de los Oráculos Oscuros?

Bairei levantó la vista del pergamino.

 Si. No dudo de que habéis recibido una copia del mensaje de Isawa Sawao e Isawa Kyoko. Hay actividad formándose en las montañas septentrionales. Temo que Chosai esté planeando algo, quizás venganza por nuestro golpe a su hermano Oráculo.

Juro pasó la punta de sus dedos a través de su larga y blanca barba. Mirando contemplativamente hacia el muro más lejano, dijo:

 Planeo mandar el grueso de mis fuerzas de Inquisidores a buscar a los restantes Oráculos. Con suerte, podremos debilitar sus filas en uno más antes de que Chosai sea capaz de organizar su respuesta.

 Excelente. - dijo Bairei, su mirada volviendo a los pergaminos frente a él. Tomó uno y lo leyó. La tinta del mensaje apenas estaba seca. -Ah, sí. - siguió Bairei - Hay otro asunto más que debemos discutir.

Juro se inclinó.

 ¿Mi señor?

 Juicio.

Juro alzó la mirada con estupor.

 Así que... ¿realmente es una de las cuatro?

Bairei asintió.

 Sí. Y temo que, como Ambición, la espada recién descubierta esté cualquier cosa menos en silencio.

Juro frunció el ceño.

 ¿Podemos destruirla?

 Quizás, pero recuerda, Ambición puede haber causado más daño hecha trizas que completa. Incluso rota, la espada puede haber llevado a Kachiko a la guerra, y ciertamente fue usada para atacar al primer Toturi.

 ¿Entonces qué podemos hacer?

 Tengo... una teoría. - Bairei buscó en la montaña de pergaminos junto a él . Tras varios instantes, encontró el documento apropiado y lo desenrolló. - La sed de Ambición nunca pudo ser amortiguada, y ahora Juicio ha sido hallada, activa y consciente, varios siglos después de que se la viera por última vez. Venganza, sin embargo, permanece pasiva, quiescente, en nuestro depósito, desde que Akodo Ginawa la presentara para nuestras investigaciones. Aunque es posible que el espíritu de la espada simplemente esté esperando su momento, parece pasiva, como si su sed hubiera sido saciada de algún modo. He teorizado, después de examinar a Venganza en varias ocasiones, que estas terribles armas fueron forjadas cada una con la mismísima alma de un hombre deshonroso. ¿Quizás, tras ser blandida por Ginawa, se haya pagado por fin la deuda kármica de Venganza?

Juro frunció el ceño.

 No estoy seguro de que me vaya a complacer el resultado final de esa línea de razonamiento, mi señor. ¿Estáis sugiriendo que usemos uno de los artefactos más crueles jamás creados?

 Tu placer no me importa, Juro. Los Maestros supervivientes están de acuerdo: la espada es una de las pocas armas que tenemos con la habilidad probada de matar a un Oráculo Oscuro. Al hacerlo, podríamos romper la maldición de la espada y librar de incontable sufrimiento al Imperio. Necesitamos un receptor para la espada, alguien incorruptible, un hombre cuyo corazón sea infinitamente bueno y justo. ¿Conocéis a un hombre con esas cualidades, Juro?

Juro se inclinó.

 Creo que sí, mi señor. Y, como que Daikoku sonríe, que es a la vez mi subordinado y un héroe para el clan.

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Bairei al adivinar la identidad de la sugerencia de Juro.

 El Destino mismo en acción. Fascinante.

El presente, provincias septentrionales de los Moto

Los ojos de Isawa Kyoko estaban más abiertos que su formidable sonrisa. -Esto es... increíble.

El Moto que servía de guía a la shugenja Fénix rió de buena gana. A Kyoko le llevó un tiempo acostumbrarse a aquella extraña gente: su falta de compostura, sus obsesiones con tocar y con el cuerpo en general, su extraño olor (caballos, especias y los animales muertos que llevaban puestos) - pero ciertamente se estaban ganando su favor.

 ¡Sí, Isawa! - dijo alegremente Moto Kang - Imaginad cuán grande será el templo cuando esté terminado.

Kyoko miró en derredor, con cuidado de no tirar demasiado fuerte de las riendas al hacerlo.

 No, Kang. - replicó - ¡Me refiero a la tierra en sí misma. Es tan llana - puedo ver millas y millas y millas.

Kang guió a su montura al lado del caballo de Kyoko.

 Oh, ¿así que ésta es tu primera visita a las estepas, querida? - preguntó - ¡Deberíamos hacer una celebración entonces! Puedo mostrarte algunos de los mejores tesoros de las tierras Unicornio.

Kyoko envió una sonrisa a Kang pero, por encima de su hombro, Isawa Sawao la observaba con los ojos muy abiertos.

 Eso, - dijo ella, vacilando conforme Sawao negaba con la cabeza - eso estaría bien.

 ¡Fabuloso! - replicó Kang, agarrándose las manos entre sí - Cambiando de tema, Isawa-san, ¿estáis saliendo con...?

 Moto-san, - dijo Sawao abruptamente - ¿dijisteis que la estructura será un santuario a la nueva Luna?

Kang se volvió rápidamente hacia Sawao al tiempo que Kyoko fruncía el ceño y hablaba entre dientes.

 Es... complicado

Sawao le dirigió otra mirada de reproche, y sonrió a Kang.

 La arquitectura es fascinante. Sin embargo, estamos aquí por una razón. Mientras mis compañeros de clan atienden a vuestros heridos, Kyoko y yo tenemos que buscar, en la frontera norte, signos de actividad del Oráculo Oscuro de Fuego o del ejército que creemos que está reuniendo.

 Por supuesto, señor Sawao, - dijo el Moto, inclinando la cabeza - la frontera sólo está a un día de camino desde aquí.

 Entonces vamos. - replicó de manera cortante al tiempo que tiraba delas riendas de su caballo para virar hacia el norte - Cada momentos que perdamos podría acercarnos a un ataque por los Oráculos.

Cuando Sawao comenzó a alejarse cabalgando, Kang se volvió hacia Kyoko y se encogió de hombros, sonriéndole ampliamente. Kyoko tuvo que forzar una tos para evitar reírse a mandíbula batiente. Comenzaba, sin duda, a gustarle la compañía de aquella gente extraña y maloliente.

El Borde Oriental estaba muy animado para ser una casa de sake localizada en un pueblo pequeño como Corriente Rápida, pero la noche estaba transcurriendo, y muchos de los clientes parecían cansados. Shiba Sakishi, antiguo yojimbo de la recién fallecida Isawa Oharu, sonreía mientras su amigo, Shiba Morihiko, levantaba la botella de sake hacia él y le servía otra copa.

 Tengo que irme mañana, Morihiko. No me digas que tu buen humor es a causa de eso.

Morihiko rió.

 No, por supuesto que no. ¡Es por las tres semanas que hemos pasado juntos, Sakishi! Pensaba que no te volvería a ver. Es bueno que finalmente hayas podido volver a casa.

Sakishi asintió y sorbió su sake.

 Podrías no volver a verme después de esto.

Morihiko metió la mano en su kimono y se rascó el pecho.

 No empieces con eso otra vez, Sakishi. El propio señor Mizuhiko te dijo que eras demasiado bueno para malograrte. Perder a tu protegida cuando se sacrificó a sí misma para matar a un Oráculo Oscuro - eso no es un fracaso de un yojimbo, ¡es ver a un héroe cumplir con su deber!

Sakishi pasó los dedos por las incrustaciones de la mesa frente a él y asintió de nuevo.

 Sigue diciéndolo. El mensaje del señor Mizuhiko dijo que su búsqueda se había retrasado. Parte del Shinomen ha sido quemado y fue allí a investigar. Aparentemente han matado al último kitsu.

 ¡Estás de broma! - Morihiko dejó su copa con estrépito sobre la mesa y se inclinó hacia delante - ¡Un Kitsu pasó de camino a Kyuden Isawa la semana pasada!

Sakishi negó con la cabeza.

 No un miembro de la familia Kitsu, sino un kitsu. Esos espíritus León, como los que guardan las capillas. Ahora están todos muertos.

Morihiko ladeó la cabeza con tristeza.

 Eso es terrible. Hablando de fantasmas - ¿alguna noticia del fantasma que estás persiguiendo?

 Asumo que es por eso que Mizuhiko me mandó llamar, finalmente. La carta dice que yo me convertiré en su yojimbo, ahora. Intentaré ser el último que ese falso Oráculo vea antes de ser destruida también. - Sakishi asintió con rotundidad - Oharu merece eso, por lo menos.

 Bueno, eso debería ser más interesante que proteger a este viejo de aquí. - repuso Morihiko, levantando su vaso de sake en el aire - Aunque tener un día libre aquí y allí tiene sus ventajas.

Sakishi levantó también su vaso, y los dos hombres se quedaron sentados en silencio, sorbiendo su sake en muda contemplación. Cuando Sakishi terminó su bebida, Morihiko se acercó a la botella para cogerla, pero Sakishi le hizo un gesto para que se detuviera, y dejó caer unas pocas monedas sobre la mesa.

 Debería irme ahora. - dijo, levantándose - Ocúpate de pagarle a Sho, y dale mis cumplidos habituales.

Se volvió y caminó hacia la entrada de la casa de sake.

 ¡Espera, Sakishi! - le llamó Morihiko, y el yojimbo se giró para mirar a su amigo. Éste estaba inquieto, casi asustado. Morihiko miró a su amigo a los ojos y asintió bruscamente.

 Acuérdate de volver. Vivo, ¿de acuerdo?

Las facciones de Sakishi se relajaron, y asintió por última vez, antes de girarse y salir a caminar a la noche fría.

La Finca del Corazón del Deber, casa de la línea familiar de Shiba Katsuda

Mizuhiko estaba sentado a solas. Una única vela vacilaba, emitiendo muy poca luz para las sombras que caían a su alrededor. Se sentaba en el centro de una tormenta; a su alrededor, páginas arrugadas yacían desperdigadas y caóticas, como unas prendas abandonadas con apremio por unos amantes impacientes. A su lado yacía la espada, su omnipresente calidez era reconfortante y a la vez una advertencia. Dejó que la última carta cayera sin más de sus manos.

 Te conozco. - susurró a la noche - Sé quién eras, monstruo. Conozco tu corazón, y conozco tus crímenes.

La noche no respondió.

 No era suficiente con que lo amaras. - susurró - Tenías que herirle hasta el final. Cuando la abuela murió, gritándole a la noche, contestando a voces a los susurros que escuchaba en el viento, no se había vuelto loca. Eras tú.

Miruhiko miró en derredor por la habitación, sus ojos clavándose de carta en carta.

 Conozco tu corazón, monstruo. Te conozco, y te juzgo.

Mizuhiko se puso en pie, anduvo hasta el muro más alejado, y descorrió una pequeña ventana. Tres plantas más abajo, el jardín de piedra estaba en silencio: ningún grillo cantaba, ningún pájaro piaba.

 ¡Te conozco, monstruo! - gritó Mizuhiko a la noche - ¡Te conozco, y conozco tu culpa!

La noche no respondió. Los únicos sonidos que Mizuhiko oyó fueron el aire entrando en sus orejas, como el batir de las olas contra la orilla, y una voz en su corazón que respondía a la llamada del océano, una voz con una sed infinita.

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