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El día veintiuno del Mes del Perro, año 1170

Ide Yusuke caminó por la apartada senda, por el momento a solas con sus pensamientos. Aquí podía finalmente escapar del clamor sin fin que había surgido alrededor de la Colina Seppun. Cuando la población de lo que podía ser una ciudad se concentraba en un área tan pequeña, entonces tenían las razones para comportarse como si fuese el último día del Festival de las Lámparas… la verdad es que ese no era un entorno que le gustase especialmente. Hacía tiempo que había aprendido a convivir con ello, por supuesto, pero al tener una oportunidad de irse, aunque solo fuese por poco tiempo, lo hacía con ganas. Y después de todo, tenía asuntos importantes que requerían su atención.
Hacía un rato que un centinela Unicornio había ido a buscarle. En una batalla, Yusuke había salvado la vida del padre del chico, y el guerrero nunca lo había olvidado. El centinela le informó que un solitario cortesano había sido visto caminando por el camino que llevaba al sur de la Colina Benny Hill. Parecía algo perfectamente anodino, pero esta era una persona en la que Yusuke tenía un especial interés, especialmente tras los increíbles asuntos de esa mañana. Por lo que rápidamente dejó, por el momento, a un lado sus obligaciones y se dirigió al mismo camino, esperando encontrar a su presa en algún lugar de ese área. Yusuke tenía preguntas que hacerle. De hecho, un buen número de preguntas.
Allí. Sentado sobre una piedra cerca de un pequeño arroyo. El joven parecía pensativo, quizás incluso preocupado, y eso le llenó a Yusuke de satisfacción. No sentía nada más que desprecio y sospechaba del otro cortesano, y se había quedado horrorizado por las noticias que había escuchado hacía solo unas horas. Que el propio hombre pareciese preocupado por las noticias solo confirmaba que las sospechas de Yusuke tenían fundamento. “Susumu,” dijo al acercarse.
El joven Araña se volvió hacia la voz y sonrió. Parecía genuina, pero el Unicornio dudaba mucho de su sinceridad. “Yusuke-san,” dijo. Inmediatamente puso una pequeña mueca y levantó una mano en un gesto de apaciguamiento. “Lo siento. Me habéis pedido específicamente que no sea excesivamente confianzudo, y eso ha sido inapropiado. Debería decir Yusuke-sama.”
Yusuke frunció el ceño. No se había esperado tal deferencia. Miró hacia otro lado para ocultar su expresión de consternación. “Supongo,” admitió a regañadientes, “que ese tipo de tratamiento ya no es adecuado. Parece que soy yo el que debería llamarte sama.”
“Ah. Entonces lo has oído.” El joven se volvió para mirar al arroyo y el prado que había más allá. En la lejanía se podía ver pastar a un caballo. “Cuando me dieron la noticia, pensé en vos. Sabía que os enfadaríais.”
“Quiero entenderlo,” dijo Yusuke. “Eres un ronin. Un miembro del llamado Clan Araña, hombres y mujeres sin derecho alguno a hacerse llamar un clan, ¿y el nuevo Emperador te elige a ti, de entre todo el mundo, para servirle como Consejero Imperial?”
“Eso parece.”
“Nada de esto tiene sentido,” dijo rudamente Yusuke. “¿Me habré equivocado totalmente en la evaluación que hice de ti? ¿De tu gente? Necesito entenderlo. Si estaba equivocado, entonces te debo a ti y a los tuyos una disculpa.”
Susumu sonrió y levantó una mano, la palma hacia arriba. “Eso no será necesario, amigo mío. Solo deseabas servir a tu clan. Te aseguro que dado todo lo que he visto, nunca le diré a un hombre que es demasiado precavido.”
“Gracias, Susumu-sama,” dijo Yusuke, el honorífico como cenizas en su boca. “Estaba esperando… ¿me podrías decir que ocurrió?” Odiaba preguntar al joven que tenía tal aire de respeto, pero no conocía otra forma de pedir la información que necesitaba.
“Me gustaría decírtelo,” dijo Susumu. “Me gustaría mucho hablar de ello. Siéntate, por favor. Me temo que esto durará unos momentos.” Dio unas palmaditas a la roca que tenía junto a él, y Yusuke se sentó con cautela. “Cuando la nueva Voz del Emperador vino a verme, me quedé muy sorprendido, y no poco asustado. Pocos están contentos que los Araña estemos presentes, incluso con el aval de tu Khan. Pensé que quizás había venido a echarme, o incluso a castigarme.”
“¿Castigarte?” Preguntó Yusuke.
“Tengo una letanía de pecados que mantengo bien ocultos de mis anfitriones Unicornio,” dijo Susumu con una sonrisa cautivadora. “La Voz me dijo que el nuevo Emperador estaba enterado de hasta donde llegaban las actividades del Clan Araña. Puedes imaginarte que esto ha sido extremadamente desalentador para mi.”
Yusuke se atrevió a esperar que podía encontrar la verdad. “¿Qué actividades son esas?”
“Muchas de las que te puedes imaginar,” dijo Susumu. “Que nuestros líderes orquestaron muchas de las amenazas que combatimos para conseguir el favor de la gente. Que nos vimos envueltos en varios asesinatos de destacados individuos, y que adrede hemos alentado la corrupción moral y política en todas las filas de casi todos los Grandes Clanes.”
El viejo intendente no dijo nada, su boca algo abierta.
“El Divino conocía todo esto, explicó la Voz,” continuó Susumu, “pero ha decidido no revelárselo a todo el Imperio.”
“¿Qué? ¿Por qué no?”
“Supongo que la asociación Araña con los Unicornio, y antes de vosotros con los Mantis, jugó un papel en esa decisión,” dijo Susumu. “Si se conociese la verdad, los dos clanes serían perseguidos implacablemente, sin mencionar también a los Escorpión. Su deber es buscar las amenazas ocultas, y todo eso. Esas revelaciones fácilmente podrían avivar los rescoldos de la guerra, y eso no es lo que desea el Divino. O eso parece. Al final, ¿quién puede conocer lo que hay en la mente de un monarca al que han aprobado los Cielos?”
“Pero… pero…”
“Hay que asumir que habrá serias ramificaciones,” continuó Susumu. “Cualquier otra… indiscreción… por parte de los Araña seguro que acabará en una ejecución total, sean cuales sean las ramificaciones que pueda tener ese acto entre los clanes.”
“¿Por qué eres tú el Consejero Imperial?” Rugió Yusuke.
Susumu parecía genuinamente sorprendido por la pregunta. “He pensado en eso. Por una parte, creo que es el Liderazgo de Akodo el que aconseja que tus enemigos debes mantenerles cerca. Por otra parte, hombres como yo conseguimos engañar a todo un Imperio. Buscamos a los débiles y a los hambrientos, y los convertimos a nuestros fines sin demasiadas dificultades. Aunque ese tipo de habilidad no puede ser usada en la corte, entonces al menos me imagino que podré ofrecer al Divino Emperador una perspectiva única, que ningún otro en la Corte Imperial podrá igualar.” Sonrió. “¡O eso espero!”
Yusuke se quedó sentado en asombrado silencio, e intentó absorber todo lo que acababa de escuchar. La ira surgió en su pecho, pero luchó por mantenerla bajo control. Esta era una oportunidad para que su clan se deshiciese de una tremenda amenaza, y no debía actuar precipitadamente. “¿Por qué me has contado todo esto?” Preguntó con preocupación.
“¿Honestamente?” Dijo Susumu. “La verdad es que no debería haberlo hecho. Parece imprudente, ¿verdad?”
“¿Por qué?” Repitió Yusuke.
“La verdad es que una parte de mi quería sentarse y hablar con alguien de todo este asunto, sin la red de mentiras que habitualmente uso. No te equivoques, me parece una cómoda arma para usar contra otros, pero hoy ha sido… inusual. Y sentía la necesidad de ser un poco honesto. La verdad es que es extraordinariamente atípica en mi. En circunstancias normales miento tan fácilmente como respiro.” Miró de reojo al Unicornio. “Pero eso ya lo sabes, por supuesto. Siempre lo has sabido.”
“Creo que ha llegado el momento de que llame a los magistrados,” dijo Yusuke, empezando a levantarse.
“También he compartido esto contigo,” continuó Susumu, desconcertado por la amenaza del intendente, “porque creo que solo tú sospechaste la verdad. Vuestra gente nos ha aceptado tan fácilmente. Antes de entrar al servicio de mi señor, creo que habría encontrado vuestra hospitalidad… entrañable. Pero no a ti, claro. Me desprecias igual que desprecias a los que son como yo. El que seas uno de los candidatos más firmes para reemplazar a Ide Tang es un problema, claro, debido a tu extensa experiencia militar. Si asumieses el control de los Ide en vez de ese baboso y afectado bufón de Eien, algo que digo con todo mi afecto y respeto, si es posible, entonces mi vida se volvería considerablemente más complicada. Y eso, claro, está vinculado a la razón última por la que he hablado hoy contigo.”
Yusuke había oído bastante. Se levantó y giró, cogiendo su saco. Cuando se volvió, Susumu se había levantado silenciosamente y estaba ante él. Empezó a ladrar una orden para que el joven se moviese, pero extrañamente se encontró con que no podía hablar. Algo iba mal, pero no sabía el que. “La razón última,” dijo en voz baja Susumu, “es que después de hoy, no estoy seguro de cuando volveré a tener la oportunidad de quitarle la vida a un enemigo con mis propias manos. Posiblemente nunca mas, y quería saborear esa sensación por última vez.”
El Unicornio miró el cuchillo que el Araña había introducido en su estómago. Intentó hablar, pero las palabras no llegaron. Débilmente intentó alcanzar la cara de Susumu, pero el joven cortesano apartó despreocupadamente su mano. Yusuke pensó en sacarse el cuchillo, pero antes de poder hacerlo todo se volvió negro, y cayó en la oscuridad.
Susumu miró durante un momento el cuerpo del Unicornio. “Una pena,” murmuró. “Tantos tipos desagradables están presentes en estos torneos grandes, buscando presas fáciles.” Cogió el saco del caído cortesano y desparramó su contenido por el suelo, teniendo cuidado de coger el puñado de monedas para asegurarse que pareciera que había sido víctima de un robo. Luego se giró para ir a buscar a un magistrado, tirando su simple cuchillo y su saya al arroyo mientras caminaba.