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Bayushi Hisoka Canciller Imperial

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Martes 18 de noviembre de 2008, por Bayushi Atsuki


Canciller Imperial - Bayushi Hisoka

El día veintiuno del Mes del Perro, año 1170


Aunque no eran especialmente grandes, la parte asignada al uso de la familia Otomo en Kyuden Seppun siempre se había usado principalmente como un archivo, donde se guardaban las copias de los documentos importantes. Normalmente siempre había allí destinados uno o dos Otomo, muy distinto a cuando las cercanas ruinas de Otosan Uchi eran la gloriosa Ciudad Imperial. Ahora, Kyuden Otomo y la nueva capital de Toshi Ranbo estaban simplemente demasiado lejos para que la familia pusiese gran énfasis en el destino de Kyuden Seppun, algo que la familia Seppun por supuesto entendía, y no se sentía insultada. Pero los últimos días, toda esa área había sido un caos completo, con docenas de Otomo presentes. Dado el torneo sin precedentes que ocurría a poco de allí, y lo que eso significaba para el Imperio, la mayoría de los Seppun simplemente intentaba no molestar a los Otomo.

Otomo Ouga cogió un pergamino de uno de los muchos subordinados que corrían de aquí para allí y lo extendió sobre una mesa ante él, frunciendo fuertemente el ceño. “No, esto no puede ser. ¡Esto en absoluto puede ser! Estas asignaciones de puestos son totalmente inaceptables. ¡Estos embajadores son demasiado jóvenes para ser asignados a puestos de tanta responsabilidad!”

El joven que le había dado el pergamino palideció un poco. “Pero Ouga-sama,” dijo con cuidado, “estos puestos fueron hechos por Taneji-sama hace unos dos meses.”

“Y Taneji-sama tuvo la buena idea de hacer que yo supervisase estos asuntos en su ausencia,” dijo Ouga, enfadado por la temeridad de su subordinado. “Yo haré los nombramientos en su lugar. Ve y encuentra a media docena de Miya y diles que muy pronto empezarán a entregar nuevas órdenes.”

“Hai,” dijo el joven, y se fue de inmediato de la habitación. Ouga puso una mueca de asco, convencido de que el estúpido parecía estar contento por irse. ¡No tenía sentido alguno de la gravedad de lo que estaba ocurriendo! Ninguno de ellos lo tenía. Pero pronto se darían cuenta de su error. Su mueca se acentuó cuando escuchó al cortesano que se alejaba decir en voz baja “Perdón, sama,”. Ouga se puso fácilmente su ‘máscara’ más presentable, una expresión de desapasionada autoridad que durante toda su vida había elaborado y perfeccionado para su trabajo. Se giró hacia la puerta con su máscara en su sitio, mirando expectante al recién llegado.

El joven se inclinó y luego, cuidadosamente, se puso el pelo tras su oreja, un movimiento automático que Ouga estaba seguro que el hombre, poco más que un chico, pensaba que le favorecía con las damas de la corte. “Perdonadme, mi señor,” dijo el recién llegado. “¿Puedo preguntar quién es el miembro de mayor rango de vuestra honorable familia que esté presente hoy aquí?”

“Soy Otomo Ouga,” contestó, “hatamoto de Otomo Taneji, señor de los Otomo.”

“Por supuesto,” dijo el joven. “Os he visto en la Corte Imperial, por supuesto, pero no sabía si estaba hoy presente Taneji.”

“No lo está.”

“Entonces quizás me podáis ayudar, Ouga-sama. Tengo varios asuntos de considerable importancia de los que debo hablar con vos, y el más apremiante de todos es…”

“Basta,” dijo Ouga, levantando una mano. “No pretendo ser grosero, joven Escorpión, pero hoy hay mucho que hacer. A no ser que tengas órdenes personales del Campeón Escorpión o quizás del Campeón Esmeralda…”

“No las tengo,” contestó el joven.

“… entonces debo pedirte que vuelvas otro día,” terminó Ouga, volviéndose a sus pergaminos. “Hay demasiadas cosas que hacer para que yo me vea envuelto en el asunto que te parece tan urgente. Con gusto haré que uno de mis subordinados te entregue un poco de su tiempo, quizás mañana. Eso tendrá que ser suficiente.”

No hubo sonido alguno de que el recién llegado se marchase. “me temo que eso no bastará.”

Ouga se volvió hacia el Escorpión, permitiendo que su máscara se moviese un poco para que todo su desagrado fuese obvio. “No tengo tiempo para estas tonterías, chico,” dijo, manteniendo un tono tranquilo aunque sus palabras eran poco educadas. “En cuestión de horas, quizás menos, se proclamará a un nuevo Emperador, y debo estar listo para representar a los Otomo como parte de la ceremonia que tendrá…”

“La proclamación ocurrió a mediodía, hace casi dos horas,” dijo el recién llegado.

Todo movimiento en la sala se detuvo al instante, y todos los ojos se dirigieron hacia el Escorpión. Nadie se atrevió a decir nada, pero muchos de los jóvenes Otomo se alejaron con mucho cuidado de Ouga, cuya expresión era de absoluto asombro. “¡Eso es ridículo! ¡Me hubiesen hecho llamar! Hay un protocolo que debe ser seguido en situaciones como esta, y los rituales de la coronación de un nuevo Emperador explícitamente dicen que…”

“Parece que los Cielos solo se ven atados por sus leyes,” dijo el Escorpión. “La proclamación ha tenido lugar, y la coronación ha terminado. Mucho ocurre en la ciudad y en el castillo.” Miró al viejo con desdén. “Me imagino que la mayoría se alegraron por dejarte aquí, dada tu ridícula y pomposa naturaleza. La verdad es que honestamente no se me ocurre porque alguien querría hablar contigo.”

Los otros Otomo se alejaron, cada uno encontrando algo que hacer por el perímetro de la sala, cuidadosamente examinando filas de bien ordenados pergaminos, reuniendo los materiales que habían estado sacando y reemplazándolos, o cualquier otra cosa que les alejase de la ira de Ouga. “¡Cómo te atreves a hablarme así!” Rugió Ouga. “¡Niñato insolente! ¡Soy de sangre Imperial! ¿Quién te imaginas qué eres, niño estúpido e inconsciente!”

“Soy Bayushi Hisoka,” contestó el hombre con una educada sonrisa. “Soy el Canciller Imperial.”

No hubo más que silencio durante al menos un minuto mientras Ouga intentaba absorber la información. “Eso es ridículo,” dijo finalmente, todo el poder había desaparecido de su voz.

“¿De verdad? Yo pensé lo mismo,” admitió Hisoka. “Durante años he servido en la Corte Imperial, pero en nada verdaderamente significativo. Ayudo de vez en cuando al Campeón Esmeralda. Trabajamos juntos antes de su victoria en el Campeonato. Pero repito que honestamente, encuentro esta situación algo… surrealista.”

“¿Qué… qué ha pasado?” Dijo Ouga. “¿Por qué no… no me llamaron?”

“Tengo una idea de porque ha sido,” dijo Hisoka, “pero por ahora no tiene importancia. Me hizo llamar la nueva Voz del Emperador y me dijo que el Divino estaba familiarizado con mi trabajo con el Clan Grulla. Parece que la idea de construir alianzas entre clanes que son enemigos tradicionales impresionó a alguien, aunque yo nunca supe que conocían mi trabajo. En cualquier caso, fui nombrado el nuevo Canciller Imperial, y como tal debo comenzar inmediatamente mi trabajo. Afortunadamente he estudiado los diarios de mi predecesor, Bayushi Kaukatsu, por lo que tengo una vaga idea de que se espera de mi. Por ello debo dar las gracias a las Fortunas.”

Ouga luchó pro recuperar su compostura. Le llevó un momento alisar su túnica, y consiguió volver a poner en su sitio su ‘máscara.’ “Naturalmente, el nuevo Emperador deseará usar Kyuden Otomo para la primera Corte de Invierno,” empezó. “Es de primordial importancia que el trono empiece inmediatamente a establecer un fuerte vínculo con las familias Imperial, debido a la importancia de las antiguas dinastías en el…”

“Ya basta,” dijo Hisoka, cortando al viejo. “Si antes hubieses respondido de alguna otra forma, y no como un niño petulante, quizás esta hubiese sido una discusión que habríamos tenido con educación. Afortunadamente para mi, y desafortunadamente para ti, ese es un tiempo que ya no tendré que malgastar. La tarea de elegir el lugar de la primera Corte de Invierno se me ha otorgado a mi, y he elegido Kyuden Bayushi. Necesitaré tu personal para que me empiece a ayudar inmediatamente.”

“¿Kyuden Bayushi?” Ouga frunció un poco el ceño. “Esa parece una mala elección… Canciller. Si puedo…”

“No puedes,” dijo Hisoka. “Si voy a asegurar la seguridad y la inviolabilidad de la Corte de Invierno del Emperador con tan poco tiempo, entonces necesitaré un lugar que me resulte familiar y que tenga amplios recursos con los que contar. Será Kyuden Bayushi, y el asunto no es discutible.”

Ouga miró hacia otro lado, su estómago dándole vueltas. “Si así lo deseáis. Puede hacer que mi delegación llegue en unos pocos días.”

“Tu no asistirás.”

El viejo miró al Canciller con expresión tranquila, pero sus ojos hablaban de violencia. “¿Qué queréis decir?”

“Quiero decir exactamente lo que he dicho,” contestó Hisoka. “Eres un bufón y un estúpido, y por lo que a mi concierne, mientras yo viva nunca volverás a pisar la Corte Imperial. Desafortunadamente para ti, eres demasiado viejo como para sobrevivirme y demasiado incompetente como para hacer que caiga en desgracia o que me maten, por lo que me imagino que tu consternación es simplemente abrumadora.” Sonrió un poco. “Mi recomendación formal a tu señor Taneji será que te reasignen a las tierras Tejón como enlace Imperial.”

Ouga sintió como le hervía la sangre. Estaba convencido que su cara era un lienzo rojo de ira, y no se pudo controlar.

“Vete,” Hisoka le expulsó. “Di una palabra más y me aseguraré que en vez de eso tu próximo destino sea en la Gran Muralla del Carpintero. Los Cangrejo son personas prácticas, y estoy seguro que encontrarán un uso incluso para un viejo estúpido y senil como tu, si se les presiona. Personalmente deseo que estén de lo más creativo cuando lo hagan.”

El viejo apretó los puños con fuerza, pero decidió no decir nada, y se fue de inmediato. El Canciller Imperial sonrió a los otros Otomo, en su mayoría jóvenes que no habían sido puestos a prueba con muy poca influencia para haber podido evitar estar al desagradable servicio de Ouga. Le miraban con lo que parecía ser sobrecogimiento, y por supuesto con algo de miedo. Hisoka ya había decidido que le gustaba el temor. Le gustaba mucho.

“Necesito irme a la Ciudad Imperial al amanecer,” dijo amablemente. “Hasta entonces, tengo mucho que hacer, pero deplorablemente hay muy pocos Escorpión aquí que me puedan ayudar. Tendréis que ser suficientes. Hacer bien vuestras tareas y encontraréis un sitio a mi servicio. Si no sois capaces de hacerlas, entonces quizás Ouga-san disfrutará de vuestra compañía en sus viajes.”

Todos los Otomo presentes se inclinaron profundamente, así como los dos guardias Seppun que estaban junto a la puerta. Si, pensó Hisoka. Si, esto va a ser muy interesante.

Sacado de La Voz Akasha

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